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09 septiembre 2009

Futebol


Por Leo Felipe Campos

Ay, lo que es el fútbol de esta eliminatoria suramericana. Colombia le ganó a Ecuador y todo paisa, todo cachaco, todo costeño, olía su granito de café en Sudáfrica. Uruguay perdió en Perú algo más que la vergüenza: su esperanza. Cuatro días más tarde todo cambió. Ecuador ganó de visitante y hoy por hoy, está en el mundial. Uruguay le ganó a Colombia y hoy por hoy, no está en el mundial, pero Colombia tampoco. Colombia está en cualquier lugar que quede lejos del gol.

Argentina, un tango. Otro tango con Maradona desafinando. El Pelusa ha demostrado que se pueden perder muchos partidos con los mejores jugadores del mundo en el equipo. Equipo, por darle un nombre, sino que lo digan en Rosario.


Venezuela suma y se mantiene viva. La tiene difícil, porque en el camino tiene a Brasil. Y Argentina tiene a Perú. Pero vivir a estas alturas es sinónimo de ganas. Una salvedad de cara al resultado: las ganas de Venezuela, al menos en los últimos partidos, no son las mismas ganas flojas de Verón y compañía.

Recordemos, para los distraídos, Brasil y Paraguay ya están clasificados al mundial. Brasil resucitó hace años y Paraguay es mezquino, o mezquina, pero gana. Chile, casi. Casi gana y casi está clasificado.

Bolivia y Perú están eliminados. Colombia no, pero casi. Digámoslo de esta forma: para que Colombia celebre (paisas, cachacos, costeños) tendría que volver Montoya a la Fórmula Uno.

Eso nos deja a cuatro equipos peleando por un puesto y medio:

Ecuador, que tiene 23 puntos. Argentina, que tiene 22. Uruguay y Venezuela, con 21.

¿Quién va? ¿Quién se queda?
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11 junio 2009

Dos amarillas: Una roja


Por Leo Felipe Campos

Centenariazo parte dos y victoria ante Paraguay. Volvió Brasil. El scratch con menos swing de los últimos años se colgó de la punta y bajó a los guaraníes al tercero, gracias también a la efectividad del Chile de un loco llamado Bielsa. La roja es el mejor equipo visitante y ya está en el segundo, pero como va, si juega en el mundial contra Brasil, le pasa por encima. Claro, hay un detalle: este Chile recuerda tanto a la Argentina cómoda y potente del 2001 y 2002, que los chilenos prefieren no pensar todavía en el mundial.

Argentina. Qué balde de agua te cayó, terminaste con las manos en la cintura y cabizbaja, mirando al suelo en la altura de Quito: te perdiste bajo la lluvia y perdiste con Ecuador, el otro amarillo inteligente y ordenado. Ya en la primera fecha le ganaste a Colombia jugando en casa, pero a nadie le gustó ese triunfo. Y nadie en esta historia son tus directores técnicos, los únicos que van a recordarlo. Maradona, Maradona, sólo el fútbol podía humanizarte, ¿quién diría que el mismo deporte que te situó en el Olimpo, sería el encargado de convertirte en un mortal?

Allí donde Venezuela sacó seis puntos sin recibir ni un gol, la Argentina de los bajitos –conducida por el Pelusa– se llevó ocho en dos partidos y más preguntas que repuestas. ¿Ecuador? Sudó la camiseta, hizo el trabajo, venía de ganarle a Perú sin despeinarse y ahora está en el puesto de repechaje.

Paraguay ha conseguido un punto de doce y tiene un balance de dos goles a favor y siete en contra en las últimas cuatro fechas. En realidad tiene un balance de juego mínimo. Con lo mismo que antes ganaba, esta vez está perdiendo. Aunque es una fija en Sudáfrica, frente a los ojos de sus paisanos, no la salva ni Cabañas.

Los de abajo tampoco sacaron puntos, pero eso no sorprende a nadie, salvo por la derrota de Bolivia en la Paz, ante la juvenil y bien entrenada vinotinto de Farías (para los desentendidos, el otro de abajo es Perú y esto es lo único que vale la pena decir de él).

Venezuela sumó de a cuatro y sigue octava, así de complicada está la eliminatoria. Restan cuatro partidos y este equipo reafirmará un viejo refrán: al César lo que es del César. Si Farías quiere estar en el mundial, su equipo tendrá que ganarle a Chile en Santiago y a Paraguay jugando en casa. Además de golear a Perú. Para estar con los de arriba tienes que ganar como ellos. Si no, el mundial no es tu objetivo.

Se nos queda Uruguay por fuera, que ahora se ubica sexto con una goleada vergonzosa ante Brasil y un dos a dos con Venezuela que suena a morir matando. Entre los partidos que vienen, uno le toca frente a Colombia, justo el equipo que está debajo. 

Colombia es la amarilla lavada; la que no hace los goles, se los encuentra; la que juega feo y se desanima; la de Falcao y Rodallega. O fabrican a un delantero que defina a la primera, o a la segunda, o se cambian el color de la camiseta. Porque aquí, como las tarjetas del árbitro, dos amarillas hacen una roja. Y con eso nos basta. Brasil más Ecuador, igual al Chile de Bielsa. + + +
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01 junio 2009

La sagrada Alemania


Por Juan Carlos Eurea

Que me acusen de no tener "objetividad". Métansela por el culo, yo me quedo con mi deustchland uber alles in der welt. Desde el principio de los tiempos, Alemania no solo es un país y una región, es un estilo de vida: es algo simple: ser macho o hembra, y joderse como los buenos y morir o matar, más nada.

Los argentinos hablan de su maldito tango de mierda que provoca cortarse las venas, los brasileños hablan de su samba y cuando te das cuenta, estás cogido por dos travestís, justo como le pasó a Ronaldo, que ahora está asustado porque cree que puede tener sida. Tampoco es la fiesta brava española, maricas de mierda, incapaces de preñar a sus hembras, cosa que hacen los árabes y los sudacas venidos de lejos sedientos de dinero y futuro.

No, mi Alemania es otra cosa.

Que es una mierda comparada a la del 86, sí. De hecho, si jugaran un partido, la mannschaft de hoy con la de ese año, seguro que los de Rumeniegge le dan una paliza de 10-0 a los de ahora, con coñaza incluida, porque al menos sé que Frings, Lahm, Klose, Podolski, Friedrich y Baumann (cuando lo dejan jugar) y claro, por dios, Metzelder, dicen: "si nos vas a ganar, sufre, coño de madre".

Porque el fútbol alemán quiere transformarse en la cagada moderna de hoy en día, cuando se cree que el reggueton es música y que romper con tu palabra es ser flexible. A la mierda con eso. El problema del fútbol alemán es que se ha dejado contaminar por otros sistemas. ¿Cómo putas un argentino cobarde termina liderando la defensa de Munchen? Y De Michelis es buen futbolista, pero no está a la altura del fútbol alemán. Si el Bayer hubiera tenido a Frank Baumann, el Barça no le hubiera metido de a 4. Si ya no tuvieran de 10 a un brasileño (cargo que lo ejerce Kevin Kuranyi) no se dependiera para la producción ofensiva de un Michael Ballack, cansado de correr tanto y dar y recibir tanta leña.

Ballack debería jugar delante de la defensa, como un líbero, aunque no lo sea. Le queda perfecto: desde allí puede coñacear al rival o dar un pase arrecho o correr y recibir para disparar, porque eso es el fútbol alemán: caerse a coñazos sin coba alguna y definir. Más nada. En 1954, Hungría, en primera ronda le metió 8 pepazos a Alemania, que sólo mojó dos veces. Pero en la final, Alemania 3, Hungría 2. Y hoy en día, Fritz Walter es un nombre que inspira respeto y gloria, tanto como Guiseppe Meazza (cuando Italia tenía dignidad y valía algo) o Guillermo Stábile (y eso que no fue campeón del mundo) o Schiaffino (que dijo, en pleno Maracaná, en la final ante Brasil: "vamos a ganarle a estos macacos") o Matthias Sindelar (simplemente, el mejor 9 de la historia del fútbol).

Pero no. Diego, el brasileño, es el 10 del Bremen (menos mal que Juan ya jugó con Brasil, si no lo viéramos jugando al lado de Metzelder). Diego es el 10 más prendido que hay jugando en Alemania. En la defensa, bueno, ya que lo mencioné, Juan dejó una gran gusto jugando en el Leverkusen, donde siempre salvó a los suyos de grandes desastres. Quisiera volver a De Michelis, para rescatarlo un poco: este argentino es una pasta, defiende, corta y ataca. Se da en la cancha y no le teme a las situaciones difíciles... Claro, eso es fútbol alemán. <>mannschaft.

Aún así, te amo, mi sagrada Alemania. No sabes lo feliz que me haces cuando escucho la Deutsches lied y veo a los equipos ante tu maquinaria blanca negra. Volvamos a ser unos patanes que sólo tenemos que concentrarnos para hacer el trabajo cueste lo que cueste.
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13 abril 2009

Fútbol Total


Por Marc Caellas

Me pide Leo Campos que escriba un texto sobre Johann Cruyff. Mi primer impulso es decirle que preferiría no hacerlo, que estoy en una época de escritor del No, que me considero un Bartleby de rebajas. Pero no puedo. No puedo negarle nada a alguien que le pone unos zapatitos azulgranas a su hija de pocos meses para ver juntos el Barça-Real Madrid (unos zapatitos, claro, que le regalé yo). No puedo olvidar que fue con Leo Campos con quien compartí, Solera va solera viene, esa taquicárdica final de París en la que conseguimos nuestra (hasta este año) última Champions League. No puedo rechazar esta asistencia de tacón de quien no tiene reparo en pasear por Bienales de Literatura ataviado con una franela con el 10 de Messi. No puedo.

Ahora que todo aficionado babea con el juego del Barça, en estos días en que los festivales de Danza Contemporánea incluyen a Messi en su programación, en esta primavera en la que media Barcelona suspira por Pep Guardiola hace falta recordar que si este Barça existe, si este futbol total asombra a Europa, si este abuso de espectáculo es posible, es gracias a que hace unos años hubo un hombre, un estadista, un visionario, llamarle apenas entrenador sería rebajarle, que sacó al futbol del cementerio en el que había echado raíces para convertirlo, nuevamente, como hizo también cuando fue jugador veinte años antes, en un arte. Ese hombre de origen holandés y de madurez catalana se llama Johan Cruyff y para que nos entendamos, para que sepamos de lo que hablamos, para que nos dejemos de tonterías, es el Duchamp del fútbol, alguien avanzado a su tiempo, alguien que siempre está un paso, o una docena, más allá de los demás.

Su compatriota Ramón Gieling le dedicó hace unos años un documental que tituló “En un momento dado”, en honor a una de las frases que a Cruyff le gustaba repetir. Ciertos integristas del formalismo lingüístico le criticaban, y le critican, que tantos años viviendo en España no le hayan bastado para aprender correctamente el castellano. No se dan cuenta de que si no lo habla bien es porque no le da la gana. Al igual que a Picasso no le daba la gana de pintar paisajes. O a Dalí bailar sardanas. Los genios se rigen por otros parámetros y Cruyff, como tal, no es una excepción. Cambiar la mentalidad de un club sufridor, mártir, perdedor, catalán en definitiva, con casi cien años de historia, y convertirlo en una referencia no tan sólo por el número de socios –eso ya lo teníamos– ni por el estadio más grande –el tamaño sí importa– sino sobre todo por asumir como doctrina una manera de afrontar el fútbol, o sea la vida, en la que importa menos la victoria –y Cruyff consiguió muchas– que la imagen que se deja.

Por ese motivo, lo vemos en el documental que recomiendo busquen hoy mismo, el dueño de ese restaurante de l’Eixample barcelonés organiza su cocina como Cruyff organizaba a su equipo. Y es que nadie se acuerda de esa gris Alemania que ganó el mundial del 74 y en cambio todo buen aficionado tiene un hueco para la Naranja Mecánica. Lo mismo con el Dream Team. No importan cuántas Copas de Europa ganó, apenas una, lo relevante es que durante casi una década, el fútbol de ese equipo interesó tanto a las amas de casa aburridas como a los diplomáticos desubicados, por mencionar algunos colectivos singulares que suelen expresar ciertas reservas respecto al balompié.

Cruyff estuvo al frente del Barça ocho años. Entre los jóvenes que se corrían por La Masia (esa escuela de la vida nunca bien ponderada en la que se formó, entre otros, Messi) descubrió a un espigado muchacho. Ese muchacho, Pep Guardiola, se empapó durante años de la doctrina cruyffista y, si le dejan, puede marcar una época. Es el heredero de una manera de ver la vida, una mezcla de hedonismo ilustrado con anarquismo burgués, que, aplicada en un campo de fútbol, consigue llevar a este en general aburrido deporte, a cotas de belleza que pocas manifestaciones artísticas consiguen. Gracias Johan.
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01 abril 2009

El norte es el sur


Por Leo Felipe Campos

Tras la primera jornada de esta doble tanda de eliminatorias sudamericanas, Argentina era un tractor. No, un jet. O ambas cosas: un tractor que volaba como un jet y un jet con la fuerza demoledora del tractor. Además, con dios –invicto– como entrenador. Colombia era una esperanza, una lágrima de alegría, un país resucitado. Uruguay y Chile una certeza y Perú… Ay Perú, qué vergüenza.

Venezuela y Bolivia no contaban, como siempre de relleno. Brasil daba miedo, por lo pobre de su juego, y Paraguay y Ecuador demostraban que no siempre el resultado es lo importante, o lo más importante. Pero vemos que sí, porque en la segunda tanda, apenas tres días más tarde, Bolivia llenó el camión de goles, llenó el jet de goles, no creyó en dios sino en las alturas; y en poco tiempo –90 minutos– sin clasificarse al mundial, ya hizo historia.
Colombia volvió a morir y el papel de resucitado se lo dejó a Venezuela, que cambió la cara y hasta el estilo, como lo hizo Brasil, aprovechándose de la desvergüenza peruana.

Junto a los brasileños, en esta carrera que mira de reojo el tiempo que queda, los ganadores de la fecha fueron chilenos y uruguayos, que obtuvieron 4 puntos de 6 posibles.

Argentina dos caras, Bolivia dos caras, Colombia dos caras y Venezuela dos caras, ganaron en casa e hicieron el ridículo de visitante: 3 puntos y nos vemos. Dependiendo del ritmo: tango, vals o vallenato, ¿alguien sabe cual es la música típica a 5 mil metros de altura?, el vaso quedó medio vacío o medio lleno.

Ecuador –qué bien planteó los dos partidos y qué mal los terminó– tuvo que conformarse con 2 puntos que pueden significar su despedida de Sudáfrica, porque aunque es poca, perdió ventaja con respecto a sus dos competidores mortales: los ganadores Chile y Uruguay.

Y Paraguay, ese líder indiscutido de la llave sudamericana, sumó apenas 1 punto de 6. Perú, qué importa. Afuera lo dejan sus estructuras y la falta de resultados, porque sí, parece que efectivamente es importante, y más como están las cosas, cuando el líder suma de a poco y los de atrás empujan. Ahora es que se pone buena esta eliminatoria.
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31 marzo 2009

Contra Mourinho o El Final del Fútbol


Por Jesús Ernesto Parra

Todo límite es, a su vez, inicio y final. Así como las rayas laterales son límite del terreno de juego, el entrenador de una oncena futbolística puede convertirse en inicio o fin futbolístico de su equipo. Cuando el entrenador cruza la raya –teórica y física– e invade el terreno, el fútbol se acaba. Y comienza la comedia. O peor, comienza Mourinho.

En el mundo del fútbol de micrófono y close-up, Mourinho es el rey. Mou, para los íntimos, es la personificación de una de las plagas que está mandando a la mierda lo poco que queda del fútbol: los Directores Técnicos. Mourinho es un Director Técnico, no un entrenador.
Los entrenadores forman equipos y los hacen trabajar, los directores técnicos diseñan equipos y siguen una tabla. Una figura infame y tecnocrática que impone una dictadura extra-futbolística y que aprovecha coyunturas para hacer lo que nunca se debe hacer en el fútbol: maltratar jugadores, endilgarse triunfos ajenos y, sobre todo, decir que quien hace el fútbol es el hombre de la corbata, y no los Drogba, Decos, Ibrahimovics, y Adrianos, que inflan las nóminas de los equipos que tienen la mala suerte de tener a ese señor dirigiendo sus bancas.

Así como hay un ligera pero definitiva línea entre el talento y el genio; existe una división –de igual calidad y efecto– entre la personalidad –como virtud– y el personalismo –como vicio. En el campo de fútbol, estas categorías no se pierden sino que toman dimensiones épicas o patéticas, dependiendo de los casos. Mourinho es sin duda alguna un ejemplo del último. Mourinho es de los que piensa en los jugadores como números, fichas, o ganado. No por nada sus inicios en el fútbol no son como jugador sino como anotador en la banca. No por nada el oficio que más rentas le otorga no es el de Director Técnico, es el de agente deportivo. Mourinho es un ganadero del fútbol. Por eso no es de extrañar que con una delantera tan contundente como la que tiene el FC Internazionale Milano, llene los demás puestos con los jugadores africanos más caimanes, o peor, con jugadores que parecen africanos caimanes, aunque hayan nacido en otras tierras, como Maicon y Balotelli. Un equipo para la foto, para los medios, para la cotización financiera. Pero no para la conducción, la estrategia y la profundidad de una liga.

El reduccionismo de Mourinho es el fin de la era de los jugadores de fútbol y el inicio de la época de los ganaderos. O de los intelectuales del fútbol. Es decir, gente que nunca jugó, o que no sabe jugar, o que simplemente no quiere a la gente que –de verdad– juega el fútbol. Mourinho es el líder de esa práctica infame que llevan personajes como Bielsa, Cúper, Van Gaal, Capello, Valdano, y de cosecha local: Farías.

Sentémonos a mirar cómo los Directores Técnicos hunden el balompié, y como Mourinho se llena la boca y el bolsillo. Miremos cómo Ibraimovich se queda sin Champions League, y cómo una cada vez más desinflada Vinotinto vuelve a sus fantasmas del pasado. La culpa, lo acabo de escribir. Lo demás, fue fútbol.
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04 marzo 2009

'Mister' Clough y la hazaña del Forest


Por Enric González *

La última gran batalla del viejo laborismo británico, socialista y cristiano, concluyó en marzo de 1985 con una derrota definitiva. Tras un año de huelga contra el Gobierno de Margaret Thatcher, los mineros se rindieron y en poco tiempo, una a una, las minas fueron cerrándose. Pero, antes de la huelga y del triunfo de Thatcher, aquella izquierda había disfrutado de una gloria irrepetible. Nunca en el fútbol europeo se había visto algo así. ¿Fútbol y política? Sí, por supuesto. A veces ocurre. El mundo de los símbolos es así de complejo.

Tomemos una ciudad: Nottingham, en el corazón industrial de Inglaterra. A mediados de los 70, Nottingham estaba perdiendo con rapidez sus fábricas textiles. La población decrecía. La crisis económica y la crisis del laborismo se unían en una sensación generalizada de declive.

Tomemos un equipo: el Nottingham Forest, tan histórico como deprimido. El Forest fue fundado en 1865 y adoptó el color rojo del revolucionario italiano Garibaldi; en 1976 poseía un pasado notabilísimo (patrocinó el nacimiento del Arsenal londinense, fue el primer equipo en experimentar las redes en las porterías y el arbitraje con silbato en vez de banderas) y un presente mediocre en la Segunda División.

Tomemos un joven entrenador: Brian Clough, que destacaba por su efectividad (le había dado una Liga al modesto Derby County en 1972), por su tremendo carácter y por su filiación laborista. Cuando había una huelga minera en las Midlands, Clough estaba ahí, animando a los piquetes y donando parte de su sueldo. Mister Clough, como exigía ser llamado, no puede ser comparado con los Mourinho o los Ferguson de hoy porque éstos no resisten la comparación. Una de sus frases célebres: "Ya sé que Roma no se construyó en un día, pero es que yo no me encargué de ese trabajo".

Ya tenemos la ciudad, el equipo y el técnico: una mezcla explosiva. En 1977, Mister Clough logró que el Forest ascendiera a la máxima categoría. Entonces empezó la fiesta: en la temporada siguiente, 1977-78, el Forest fue campeón de Liga. En 1979, el año en que Thatcher llegó al Gobierno, fue campeón de Europa. Y en 1980 lo fue otra vez. Ningún otro equipo europeo posee más Copas de Europa que títulos ligueros. El Forest logró la hazaña jugando limpio y raso: fue el primer equipo británico que amó el balón. Otra frase de Clough: "Si Dios hubiera querido que el fútbol se jugara en las nubes, no habría puesto hierba en el suelo".

Luego llegó la decadencia. Las estrellas como Peter Shilton y Trevor Francis se eclipsaron. Mister Clough se hundió en el alcoholismo. El 15 de abril de 1989, cuando Forest y Liverpool iniciaban una semifinal de Copa en el estadio de Hillsborough (Sheffield), una avalancha de espectadores causó 96 víctimas mortales. La tragedia de Hillsborough simbolizó el fin de una época. En 1993 llegaron el descenso y la despedida de Mister Clough.

El mejor entrenador británico (este título podría discutírselo su amigo Bill Shankly, pero nunca Alex Ferguson) murió en 2004, tras un trasplante de hígado que le dio unos pocos meses de tiempo suplementario. El Nottingham Forest malvive en la Segunda División inglesa. Lo que hicieron Mister Clough y el Forest nunca será superado.

* Artículo publicado en el Diario El País, el pasado 02 de marzo. + + +
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28 febrero 2009

Pequeño gran hombre


Por Roberto Saviano *

Lo encuentro en los vestuarios del Camp Nou de Barcelona, un estadio enorme, el terce­ro en el mundo. Desde la tribuna, Messi es una manchita, incontrolable y velocísima. De cerca, es un chico frágil pero sólido, timidísimo, habla casi susurrando con cadencia argentina, de rostro dulce y terso sin un hilo de barba. Lionel Messi es el campeón de fútbol vivo más menudo. Le dicen "La Pulga". Tiene estatura y cuerpo de chico. En realidad, fue de chico –más o menos a los diez años– cuando Lionel dejó de crecer. Las piernas de los otros se alargaban, también las manos, les cambiaba la voz. A Leo no le pasaba. Algo no andaba bien y los análisis lo confirmaron: la hormona del crecimiento estaba inhibida. Messi padecía una rara forma de enanismo.

Con la hormona del crecimiento, se bloqueó todo. Y ocultar el problema era imposible. Entre los amigos, en la canchita de fútbol, todos se dan cuenta de que Lionel se quedó: "Hiciera lo que hiciera, o fuera adonde fuera, siempre era el más chico de todos". Dicen justamente eso: "Lionel se quedó". Como si se hubiera detenido en algún lugar.

A los once años, con apenas un metro cuarenta, la camiseta del Newell's Old Boys, su equipo de Rosario, en Argentina, le sobra de todos lados. Baila en los pantaloncitos enormes; los botines, por más que se ajuste los cordones, un poco los arrastra. Messi es un jugador fenomenal: pero en el cuerpo de un chiquito de ocho años, no de un adolescente. Justamente a la edad en que, vislumbrando el futuro, habría que desarrollar un talento, el crecimiento primario (el de brazos, tronco y piernas), se frenó.

Para Messi, es el fin de la esperanza que alimentaba en sí mismo desde su primerísimo debut en una cancha de fútbol, a los cinco años. Siente que la falta de crecimiento acabó también con cualquier posibilidad de llegar a ser lo que sueña. Los médicos constatan, no obstante, que su deficiencia puede ser transitoria si se combate a tiempo. La única forma en que se puede tratar de intervenir es una terapia a base de la hormona "gh": años y años de bombardeo continuo que le permitan recuperar los centímetros necesarios para enfrentar a los colosos del fútbol moderno.
Es un tratamiento muy caro que la familia no puede permitirse: inyecciones de quinientos euros cada una, que deben aplicarse todos los días. Jugar a la pelota para poder crecer, crecer para poder jugar: a partir de ese momento, ése es el único camino. Lionel no pue de ni siquiera imaginar un modo de curarse que no tenga en cuenta la pasión de su vida, el fútbol.

Pero esos malditos tratamientos no podrá permitírselos a me nos que un club de cierto nivel lo tome bajo sus alas y se los pague. Y la Argentina está hundiéndose en la devastadora crisis económica de la que huyen en primer lugar las inversiones, luego las personas, cuyos ahorros se volatilizan con el derrumbe de los bonos estatales. Nietos y bisnietos de inmigrantes criados en el bienestar buscan la salvación emigrando a los países de origen de sus antepasados. En esa situación, ninguna empresa argentina, aun intuyendo el talento del pequeño Messi, tiene ganas de cargar con los costos de seme­jante apuesta.

Aunque llegara a crecer algu nos centímetros –tal es el razo namiento– en el fútbol moderno, ahora, sin un físico imponente, no se es nadie. A La Pulga, una defensa maciza lo aplastará, La Pulga no podrá hacer un gol de cabeza, La Pulga no soportará los esfuerzos anaeróbicos requeridos a los centro-delanteros de hoy. Pero Lionel Messi, de todos modos, sigue jugando en su equipo. Sabe que debe hacerlo como si tuviera diez pies, correr más rápido que un potro, ser imbatible con la pelota en el suelo si quiere tener al guna chance de ser un jugador de verdad, un profesional.

Durante un partido, lo ve un observador. En la vida de los jugadores, los observadores son todo. Cada partido que ganan, cada penal que consideran ejecutado a la perfección, cada muchacho que deciden seguir, cada padre con el que van a hablar, significa trazar un destino. Dibujarlo en líneas generales, abrirle una puerta: pero en el caso de Messi, lo que le ofrecen, representa mucho más. No sólo le ofrecen la oportunidad de ser jugador de fútbol, sino la posibilidad de curarse, de tener por delante una vida normal. Antes de verlo, los observadores que oyen hablar de él, son de todos modos muy escépticos. "Si es muy pequeño, no tiene esperanza, aunque sea fuerte", piensan. Pero, en cambio, hubo otras voces: "Bastaron cinco minutos para comprender que era un predestinado. En un instante fue evidente hasta qué punto era especial el muchacho". Esto lo afirma Charles Rexach, director deportivo del Barcelona, después de ver a Leo en la cancha. Es tan evidente que Messi tiene en los pies un talento único, algo que va más allá del fútbol propiamente dicho: verlo jugar es como oír una música, como si en un mosaico despegado, cada pieza volviera a su lugar.

Rexach quiere retenerlo ya mismo: "Cualquiera que hubiera estado ahí, lo habría comprado a peso de oro". Y es así como hacen un primer contrato en un pedazo de papel, una servilleta de bar desplegada. Firman él y el padre de La Pulga. Esa servilleta cambiará la vida de Lionel. El Barcelona cree en ese chico eterno. Decide invertir en el tratamiento de la maldita hormona que se bloqueó. Pero para curarse, Lionel debe trasladarse a España con toda la familia, que junto con él abandona Rosario sin documentos, sin trabajo, confiando en un contrato garabateado en una servilleta, esperando que dentro de ese cuerpo infantil pueda estar realmente el futuro de todos. A partir de 2000, durante tres años, la empresa le garantiza a Messi la asistencia médica necesaria. Cree que un muchachito dispuesto a jugar al fútbol para salvarse de una vida de infierno tiene el raro combustible que hace llegar a una persona adónde sea.

Pero los tratamientos te resultan agotadores. Siempre tenés náuseas, vomitás hasta el alma. Los pelos de la cara no te crecen. Además, sentís que adentro los músculos te estallan, los huesos se te parten. Todo se te alarga, se dilata en pocos meses, un tiempo que debía durar años. "No podía darme el lujo de sentir dolor", dice Messi, "no podía permitirme mostrarlo frente a mi nuevo club. Porque a ellos les debía todo". La diferencia entre quien invierte su talento para realizarse y quien por él se juega todo es abismal. El arte pasa a ser tu vida no en el sentido de que totaliza todo, sino que so­lamente tu arte puede seguir haciéndote vivir, garantizándote el futuro. No existe un plan B, alguna alternativa en la cual replegarse.

Después de tres años, finalmente el Barcelona convoca a Lionel Messi y la familia sabe que si no está en condiciones de jugar como se espera, las dificultades para seguir adelante serán insuperables. En Argentina, los Messi perdieron todo y en España toda­vía no tienen nada. Y Leo, a esa altura, recaería sobre sus espaldas. Pero cuando La Pulga juega, toda la angustia se desvanece. Entrenándose duramente con el apoyo del equipo, Messi consigue crecer no sólo en bravura, sino también en altura, año tras año, centímetro tras centímetro exprimido de los músculos, alargado en los huesos. Cada centímetro adquirido, un sufrimiento. Nadie sabe en realidad cuánto medís ahora. Algunos calculan apenas un poco más del metro cincuenta, algunos un poco menos, un sitio habla de un Messi que, al seguir creciendo, llegó al metro sesenta. Las estimaciones oficiales cambian, concediéndole cada tanto algún centímetro de más, como si fuese un mérito, un premio conquistado en la cancha.

Lo cierto es que cuando los dos equipos están formados antes del silbato inicial, el ojo encuadra todas las cabezas de los jugadores más o menos a la misma altura, mientras que para encontrar la de Messi debe bajar por lo menos al nivel de los hombros de los compañeros. Para un deporte donde cuenta cada vez más la potencia y, para un atacante, los casi dos metros de Ibrahimovic y el me tro ochenta y cinco de Beckham pasaron a ser la norma, Lionel sigue pareciéndose peligrosamente a una pulga. Como dice Manuel Estiarte, el jugador de water-polo más grande de todos los tiempos: "Es verdad, hay que calcular que las probabilidades de que Mes si salga derrotado de un choque cuerpo a cuerpo son altas, como es alto el riesgo de que sea totalmente avasallado por los defensores. Pero con una sola condición... primero tienen que poder alcanzarlo".

Y de hecho nadie consigue se guirlo. El centro de gravedad es bajo, los defensores le obstaculi zan el paso, pero él no se cae ni se mueve. Sigue corriendo, le vanta la pelota con el pie, no se detiene, gambetea, salta, esquiva, escapa, tira. Es impredecible. En Barcelona, se burlan diciendo que los astros de la defensa del Real Madrid, Roberto Carlos y Fabio Cannavaro, nunca han podido ver a Lionel Messi de frente porque no consiguen alcanzarlo. Leo es rapidísimo, dispara con sus pies pequeños que parecen manos por como se las ingenia para sostener la pelota, controlar cada uno de sus movimientos. Cuando él tira, los adversarios trastabillan en el estor bo inútil de sus pies número 45.

En una publicidad donde lo in vitaron a dibujar su historia con un marcador, es divertido y melancó lico ver a Messi retratarse como un chiquillo minúsculo entre larguísi mos bosques de piernas, perdido allí entre pelotas demasiado gran des que vuelan lejos. Pero cuando tocan tierra, él las agarra, veloz, y pequeño como es consigue pasar entre las piernas de todos y llegar al arco. Cuando hay laterales y los adversarios recuperan el aliento es precisamente el momento en que él sale y los pasa, de tal ma nera que cuando los goleadores se imaginaban que lo tenían detrás de la espalda, se lo encuentran en cambio ya cinco metros más ade lante. El gran jugador no es el que hace cometer faltas, sino ése al que nunca se le puede hacer ninguna gambeta.


La belleza misma

Ver a Messi significa observar algo que va más allá del fútbol y coincide con la belleza misma. Algo como un ímpetu, casi un es tremecimiento de conciencia, una epifanía que permite al individuo que está allí, viéndolo gambetear y jugar con la pelota, dejar de per cibir una separación entre él y el espectáculo que está presencian do, confundirse plenamente con lo que ve, al punto de sentirse uno con ese movimiento desigual pe ro armónico. En esto, las jugadas de Messi son comparables a las sonatas de Arturo Benedetti Mi chelangeli, a los rostros de Rafael, a la trompeta de Chet Baker, a las fórmulas matemáticas de la teoría de los juegos de John Nash, a todo lo que deja de ser sonido, materia, color, y se convierte en algo que pertenece a todos los elementos, a la vida misma. Ya sin separación, sin distancia. Están ahí, y no se puede vivir sin ellos. Y nunca se ha vivido sin ellos, sólo que cuan do se descubren por primera vez, cuando por primera vez se los ob serva al punto de quedar hipnoti zados, la conmoción es inevitable y uno no puede más que intuirse a sí mismo. Mirarse en lo más pro fundo.

Escuchar a los cronistas depor tivos que comentan sus avances bastaría para definir su épica de virtuoso. Durante un encuentro Barcelona-Real Madrid, el cronis ta, viéndolo asediado por los inten tos de hacer cobrar una falta dejó de describir la escena y comenzó con un satisfecho: "No se cae, no se cae, no se cae". Durante otro en frentamiento de los archirrivales históricos, la ola estática "Messi, Messi, Messi, Messi" recibe una "a" adicional que le quedará siem pre: Messia. Es el otro sobrenom bre que La Pulga se ganó con la gracia burlona de sus jugadas, con el estupor casi místico que suscita su juego. "El hombre se hizo Dios e invitó a su profeta", así dicen los carteles de un servicio televisivo dedicado a El Mesías y a quien co mo encarnación divina del fútbol lo precedió: Diego Armando Ma radona.

Parece imposible, pero cuando Messi juega tiene en mente las jugadas de Maradona, igual que un ajedrecista en un determinado momento de la partida a menudo se inspira en la estrategia de un maestro que se encontró en una situación análoga. La obra maestra que Diego Armando había realiza do el 22 de junio de 1986 en Méxi co –el gol votado como el mejor del siglo XX–, Lionel consigue repe tirla prácticamente idéntica y casi exactamente veinte años después, el 18 de abril de 2007 en Barcelo na. Justamente, Leo sale a unos sesenta metros del arco, también él elimina en una jugada única a dos centrocampistas, después ace lera hacia el área de penal, donde uno de los adversarios que había superado trata de derribarlo, pero no lo consigue. Se amontonan al rededor de Messi tres defensores, y en vez de apuntar al arco, él sale hacia la derecha, saca al arquero y a otro jugador... Y es gol. Después de marcar, se genera una escena increíble en la que los jugadores del Barcelona petrificados, con las manos en la cabeza, miran para to dos lados como si no creyeran que fuera posible presenciar todavía un gol como ése. Todos pensaban que solamente un hombre era ca paz de tanto. Pero no fue así.


David contra Goliat

La prensa inventa enseguida "Messidona", pero hay algo en el parecido de los dos campeones argentinos que supera las simili tudes encontradas y produce un estremecimiento. En un deporte que parece haber dejado atrás la etapa épica, las proezas de Messi se asemejan a la reiteración de un mito, y no de un mito cualquiera, sino del que está más fuertemente en contraste con nuestro tiempo: David contra Goliat. Físicos mi núsculos, barrios pobres, incapa cidad de verse distintos de como jugaban en las canchitas, cara siempre igual, bronca siempre igual, como una pereza que se lleva dentro. Teóricamente tenían todo lo necesario para fracasar, to do lo necesario para perder, todo lo necesario para no gustarle a na die y para no jugar. Pero las cosas resultaron diferentes.

Messi, cuando Maradona hacía aquel gol en México, todavía no había nacido. Nacerá en 1987. Y la razón por la cual lo seguí a Barce lona, al punto de querer conocerlo, tiene su origen justamente en eso: haber crecido en Nápoles en el mi to de Diego Armando Maradona. No olvidaré nunca el partido de los mundiales de 1990; un destino te rrible llevó a la selección italiana de Azeglio Vicini y Totò Schillaci a jugar la semifinal contra la se lección argentina de Maradona, justamente en el San Paolo. Cuan do Schillaci hace el primer gol, el estadio se alegra. Pero se siente que en la cancha algo no funcio na. Después del gol de Caniggia la hinchada no napolitana –no autóctona– empieza a agarrársela con Maradona, y entonces sucede algo que no ocurrirá nunca más en la historia del fútbol y que nunca había sucedido hasta ese momen to: la hinchada se vuelca contra su propia selección de fútbol. Los hinchas del sector napolitano em piezan a gritar: "¡Diego! ¡Diego!" Por otra parte, estaban acostum brados a hacerlo, ¿cómo culparlos y cómo identificarse con otros? Aunque pudieran querer al equipo nacional propio, en ese momento es Maradona quien representa a la hinchada del San Paolo más que una selección de jugadores prove nientes de otras ciudades de Italia, de Roma, Milán, Turín.

Maradona había logrado inver tir la gramática de las hinchadas. Y en Roma se lo hicieron pagar en la final Argentina-Alemania, don de el público para vengarse de la eliminación de Italia en la semifi nal y de las defecciones generadas dentro de la hinchada, comienza a silbar el himno nacional. Mara dona espera que la cámara de TV, al recorrer a sus jugadores, llegue a sus labios, para lanzar un "hijos de puta" a los hinchas que no res­petan ni siquiera el momento del himno. Una final terrible, donde en Nápoles todos hinchaban, ob viamente, a favor de Argentina. Pero, después el momento del penal absolutamente dudoso des truye toda esperanza. Alemania claramente en problemas debe, no obstante, ganar y vengar a la Italia vencida. Un penal por una falta contra Rudi Voeller; lo hace Andreas Brehme. Y el comentario del cronista argentino fue: "Sola mente así, hermano... solamente así podían ganar contra Diego".

Me acuerdo muy bien de esos días. Tenía once años, y es muy difícil que vuelva a ver alguna vez fútbol como ése. Pero algo parece volver, de aquel tiempo. El gol en México contra Inglaterra, el gol repetido por La Pulga veinte años más tarde, marca uno de los mo mentos inolvidables de mi infan cia. Me pregunto qué maravilla y qué vértigo sería ver jugar a Mes si en el San Paolo, él, de quien el propio Maradona dijo: "Ver jugar a Messi es mejor que tener sexo". Y Diego sabe mucho de las dos cosas. "Me gusta Nápoles, quiero ir pronto –dice Lionel–. Estar un poco debe ser lindísimo. Para un argentino es como estar en casa".

El momento más increíble de mi encuentro con Messi es cuando le digo que cuando juega se parece a Maradona – "parece", porque no sé cómo expresar algo repetido mil veces, aunque deba decírsela igual – y me responde: "¿De verdad?", con una sonrisa aún más tímida y contenta. Por lo demás, Lionel Messi aceptó verme no porque sea un escritor o por otra cosa, sino porque le dijeron que vengo de Nápoles. Para él es como para un musulmán nacer en La Meca. Nápoles, para Messi y para mu chos simpatizantes del Barcelona, es un lugar sagrado del fútbol. Es el lugar de la consagración del ta lento, la ciudad donde el dios de la pelota jugó sus mejores años, don de de la nada partió hacia la derro ta de los grandes equipos, hacia la conquista del mundo.

Lionel parece todo lo contrario de lo que uno espera de un juga dor: no es seguro de sí mismo, no usa las frases habituales que les aconsejan decir, se pone colorado y se mira los pies o se mordisquea las uñas del índice y del pulgar acercándoselas a los labios cuando no sabe qué decir y está pensan do. Pero su historia es aún más ex traordinaria. La historia de Messi es como la leyenda del abejón. Se dice que el abejón no podría volar porque el peso de su cuerpo es des proporcionado respecto de la fuer za de sustentación de las alas. Pero el abejón no lo sabe y vuela. Messi, con ese cuerpo flacucho, con esos pies pequeños, esas piernas, el tor so exiguo y todos sus problemas de crecimiento, no podría jugar en el fútbol moderno, todo músculo, masa y fuerza. Sólo que Messi no lo sabe. Y por eso mismo es el más grande de todos.

*Publicado originalmente en La Repubblica y Clarín, 2009. Traducción de Cristina Sardoy.
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Mané y el sueño


Por Carlos Drummond de Andrade *

La necesidad que tiene Brasil de olvidar sus graves problemas, difíciles de afrontar, o por lo menos de atenuar con un poco de distracción y alegría, hizo del futbol la felicidad del pueblo. Ricos y pobres olvidan sus aflicciones y se vuelven locos por él. Y los grandes jugadores se convierten en una especie de camaradas nuestros, a los que amamos o detestamos dependiendo de si nos frustran o si nos conceden el placer de un espectáculo de noventa minutos, prolongado indefinidamente en la tertulia e incluso en la soledad del recuerdo.

Mané Garrincha fue uno de esos ídolos providenciales con que la fortuna vino al encuentro de las masas populares y hasta de los señores bajo cuya responsabilidad diaria está la suerte de Brasil, ofreciéndoles al jugador que contrariaba todos los principios convencionales del juego y que al mismo tiempo lograba los más maravillosos resultados. ¿No sería acaso una señal de que el país, incompetente para el destino glorioso que ambicionamos, lograría vencer sus limitaciones y deficiencias para alcanzar el nivel de grandeza que nos daría individualmente el mayor orgullo, pasando por encima de antiguos complejos nacionales? Una sospecha que ciertamente no afloraba al nivel de la conciencia, pero que muy bien podía instalarse en lo más hondo del espíritu de cada compatriota inquieto e insatisfecho consigo mismo, o más aún, con la vida en general.

Garrincha, desde su irresponsabilidad amable, podría, quién sabe, darnos la clave de un secreto que él poseía y que él mismo no alcanzaba a comprender, inocente del origen mágico de sus músculos y sus pies. Divertido, espontáneo, imprudente, con una inocencia que no excluía las astucias instintivas de Macunaíma –ningún modelo más exacto que ése–,seducía a un pueblo que, mirando a su alrededor, no encontraba a los grandes héroes, a los santos milagrosos de los que precisa en el día a día. La sociedad se entendía con él muy fácilmente. Garrincha no pedía nada a sus admiradores; no les exigía sacrificios ni esfuerzos mentales para admirarlo y seguirlo, pues por principio de cuentas no quería que nadie lo siguiese. Cargaba a sus espaldas un peso alegre, dispensándonos de arrastrar la misma condena. Su ambición o proyecto de vida (si es que, tratándose de Garrincha, se puede hablar de un proyecto) consistía en la plática de cantina, en los placeres de la cama, de donde vendría el placer de nuevos hijos, en el desentendimiento, al fin, con los bienes burgueses de la vida.

No soy de los que, como los dirigentes deportivos, clubes, autoridades civiles y fanáticos hinchas en general, muestran su ingratitud hacia Garrincha. En la propia esencia del futbol profesional se instalan la ingratitud y la injusticia. El jugador sólo vale mientras juega, y si es fino al jugar. No le perdonan el lapso sin inspiración, el traicionero titubeo de un instante, la sombra de los problemas personales sobre su desempeño en el partido. Es el precio que se paga por deslumbrar a la afición y a los señores de la banca, para desahogar nuestra alma, para consolarnos de nuestros fracasos, para disimular las amarguras de la nación. Él cree que entró al campo a defender su sustento, pero su misión fundamental será defender a millones de angustiados presentes y ausentes de sus fantasmas personales o colectivos. Garrincha fue uno entre muchos de esos desdichados, de los cuales sólo se salva uno que otro elegido, con la estrella en la frente, como Pelé.

La simpatía nacional acogió a Mané en todas las jugadas de su vida, por más desastrosa que ésta fuera, y eso es algo que nos libra del remordimiento que nos causa su triste fin. El niño grande que él nunca dejó de ser fue víctima del germen de autodestrucción que traía consigo: le faltaban las defensas psicológicas que lo salvaran del clamor de amigos y fanáticos. Garrincha, adorable, era una hoja al viento. Queda el maravilloso recuerdo de sus increíbles hazañas, que regalarán siempre una sonrisa a quien las traiga de nueva cuenta a la memoria. Basta ver un video de los partidos que disputó: se percibe al instante cómo el cuerpo humano puede ser instrumento de las más geniales creaciones en el espacio, rápidas como el relámpago e imborrables en la memoria. Quien vio jugar a Garrincha no puede tomar en serio las teorías científicas que predicen la inminente parábola de una pelota y garantizan la victoria –que no llega.

Si hay un dios que rige el futbol, ese dios es ante todo irónico y burlón, e hizo de Garrincha uno de los enviados suyos con la encomienda de burlar todo y a todos en los estadios. Pero como es también un dios cruel, despojó al pobre Garrincha de la facultad de percibir su condición de enviado divino. Fue un pobre y pequeño mortal que ayudó a un país entero a sublimar sus tristezas. Lo malo es que las tristezas vuelven, y ya no tenemos otro Garrincha. Necesitamos uno nuevo, que nos alimente el sueño.

*Publicado originalmente en el diario Jornal do Brasil, el 22 de enero de 1983, dos días después de la muerte del crack. Traducción de Iván García.
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Maradona

Por Eduardo Galeano ·

Jugó, venció, meó, perdió. El análisis delató efedrina y Maradona acabó de mala manera su Mundial del 94. La efedrina, que no se considera droga estimulante en el deporte profesional de los Estados Unidos y de muchos otros países, está prohibida en las competencias internacionales.

Hubo estupor y escándalo. Los truenos de la condenación moral dejaron sordo al mundo entero, pero mal que bien se hicieron oír algunas voces de apoyo al ídolo caído. Y no sólo en su dolorida y atónita Argentina, sino en lugares tan lejanos como Bangladesh, donde una manifestación numerosa rugió en las calles repudiando a la FIFA y exigiendo el retorno del expulsado. Al fin y al cabo, juzgarlo era fácil, y era fácil condenarlo, pero no resultaba tan fácil olvidar que Maradona venía cometiendo desde hacía años el pecado dc ser el mejor, el delito de denunciar a viva voz las cosas que el poder manda callar y cl crimen de jugar con la zurda, lo cual, según el Pequeño Larousse Ilustrado, significa «con la izquierda» y también significa «al contrario de como se debe hacer».

Diego Armando Maradona nunca había usado estimulantes, en vísperas dc los partidos, para multiplicarse el cuerpo. Es verdad que había estado metido en la cocaína, pero se dopaba en las fiestas tristes, para olvidar o ser olvidado, cuando ya estaba acorralado por la gloria y no podía vivir sin la fama que no lo dejaba vivir. Jugaba mejor que nadie a pesar de la cocaína, y no por ella.

Él estaba agobiado por el peso de su propio personaje. Tenía problemas en la columna vertebral, desde el lejano día en que la multitud había gritado su nombre por primera vez. Maradona llevaba una carga llamada Maradona, que le hacía crujir la espalda. El cuerpo como metáfora: le dolían las piernas, no podía dormir sin pastillas. No había demorado en darse cuenta de que era insoportable la responsabilidad de trabajar de dios en los estadios, pero desde el principio supo que era imposible dejar de hacerlo. «Necesito que me necesiten», confesó, cuando ya llevaba muchos años con el halo sobre la cabeza, sometido a la tiranía del rendimiento sobrehumano, empachado de cortisona y analgésicos y ovaciones, acosado por las exigencias de sus devotos y por el odio de sus ofendidos.

El placer de derribar ídolos es directamente proporcional a la necesidad de tenerlos. En España, cuando Goicoechea le pegó de atrás y sin la pelota y lo dejó fuera de las canchas por varios meses, no faltaron fanáticos que llevaron en andas al culpable de este homicidio premeditado, y en todo el mundo sobraron gentes dispuestas a celebrar la caída del arrogante sudaca intruso en las cumbres, el nuevo rico ése que se había fugado del hambre y se daba el lujo de la insolencia y la fanfarronería.

Después, en Nápoles, Maradona fue santa Maradonna y san Gennaro se convirtió en san Gennarmando. En las calles se vendían imágenes de la divinidad de pantalón corto, iluminada por la corona de la Virgen o envuelta en el manto sagrado del santo que sangra cada seis meses, y también se vendían ataúdes de los clubes del norte de Italia y botellitas con lágrimas de Silvio Berlusconi. Los niños y los perros lucían pelucas de Maradona. Había una pelota bajo el pie de la estatua del Dante y el tritón de la fuente vestía la camiseta azul del club Nápoles. Hacía más de medio siglo que el equipo de la ciudad no ganaba un campeonato, ciudad condenada a las furias del Vesubio y a la derrota eterna en los campos de fútbol, y gracias a Maradona el sur oscuro había logrado, por fin, humillar al norte blanco que lo despreciaba. Copa tras copa, en los estadios italianos y europeos, el club Nápoles vencía, y cada gol era una profanación del orden establecido y una revancha contra la historia. En Milán odiaban al culpable de esta afrenta de los pobres salidos de su lugar, lo llamaban jamón con rulos. Y no sólo en Milán: en el Mundial del 90, la mayoría del público castigaba a Maradona con furiosas silbatinas cada vez que tocaba la pelota, y la derrota argentina ante Alemania fue celebrada como una victoria italiana.

Cuando Maradona dijo que quería irse de Nápoles, hubo quienes le echaron por la ventana muñecos de cera atravesados de alfileres. Prisionero de la ciudad que lo adoraba y de la camorra, la mafia dueña de la ciudad, él ya estaba jugando a contracorazón, a contrapié; y entonces, estalló el escándalo de la cocaína. Maradona se convirtió súbitamente en Maracoca, un delincuente que se había hecho pasar por héroe.

Más tarde, en Buenos Aires, la televisión trasmitió el segundo ajuste de cuentas: detención en vivo y en directo, como si fuera un partido, para deleite de quienes disfrutaron el espectáculo del rey desnudo que la policía se llevaba preso.

«Es un enfermo», dijeron. Dijeron: «Está acabado». El mesías convocado para redimir la maldición histórica de los italianos del sur había sido, también, el vengador de la derrota argentina en la guerra de las Malvinas, mediante un gol tramposo y otro gol fabuloso, que dejó a los ingleses girando como trompos durante algunos años; pero a la hora de la caída, el Pibe de Oro no fue más que un farsante pichicatero y putañero. Maradona había traicionado a los niños y había deshonrado al deporte. Lo dieron por muerto.

Pero el cadáver se levantó de un brinco. Cumplida la penitencia de la cocaína, Maradona fue el bombero de la selección argentina, que estaba quemando sus últimas posibilidades de llegar al Mundial 94. Gracias a Maradona, llegó. Y en el Mundial, Maradona estaba siendo otra vez, como en los viejos tiempos, el mejor de todos, cuando estalló el escándalo de la efedrina.

La máquina del poder se la tenía jurada. Él le cantaba las cuarenta, eso tiene su precio, cl precio se cobra al contado y sin descuentos. Y el propio Maradona regaló la justificación, por su tendencia suicida a servirse en bandeja en boca de sus muchos enemigos y esa irresponsabilidad infantil que lo empuja a precipitarse en cuanta trampa se abre en su camino.

Los mismos periodistas que lo acosan con los micrófonos, lc reprochan su arrogancia y sus rabietas, y lo acusan de hablar demasiado. No les falta razón; pero no es eso lo que no pueden perdonarle: en realidad, no les gusta lo que a veces dice. Este petiso respondón y calentón tiene la costumbre de lanzar golpes hacia arriba. En el 86 y en el 94, en México y en Estados Unidos, denunció a la omnipotente dictadura de la televisión, que estaba obligando a los jugadores a deslomarse al mediodía, achicharrándose al sol, y en mil y una ocasiones más, todo a lo largo de su accidentada carrera, Maradona ha dicho cosas que han sacudido el avispero. Él no ha sido el único jugador desobediente, pero ha sido su voz la que ha dado resonancia universal a las preguntas más insoportables: ¿Por qué no rigen en el fútbol las normas universales del derecho laboral? Si es normal que cualquier artista conozca las utilidades del show que ofrece, ¿por qué los jugadores no pueden conocer las cuentas secretas de la opulenta multinacional del fútbol? Havelange calla, ocupado en otros menesteres, y Joseph Blatter, burócrata de la FIFA que jamás ha pateado una pelota pero anda en limusinas de ocho metros y con chófer negro, se limita a comentar:

—El último astro argentino fue Di Stéfano.

Cuando Maradona fue, por fin, expulsado del Mundial del 94, las canchas de fútbol perdieron a su rebelde más clamoroso. Y también perdieron a un jugador fantástico. Maradona es incontrolable cuando habla, pero mucho más cuando juega: no hay quien pueda prever las diabluras de este inventor de sorpresas, que jamás se repite y que disfruta desconcertando a las computadoras. No es un jugador veloz, torito corto de piernas, pero lleva la pelota cosida al pie y tiene ojos en todo el cuerpo. Sus artes malabares encienden la cancha. El puede resolver un partido disparando un tiro fulminante de espaldas al arco o sirviendo un pase imposible, a lo lejos, cuando está cercado por miles de piernas enemigas; y no hay quien lo pare cuando se lanza a gambetear rivales.

En el frígido fútbol de fin de siglo, que exige ganar y prohibe gozar, este hombre es uno de los pocos que demuestra que la fantasía puede también ser eficaz.

· Del libro "Fútbol, a sol y sombra". © 1996
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El mejor cuento de fútbol de todos los tiempos (Según la revista Soho)


Por Roberto Fontanarrosa

Sí, yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero había que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.

Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué te digo "esos días"! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hermano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.

Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra!

¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que solo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter cinco, en el Monumental y para la televisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que tienen desde ese día y no se la pueden sacar!

Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío.

Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono Obberti, ¡Dios querido, el Mono Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco; Santamaría, el Cucurucho Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que reconocer, y la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires, el día del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. Si son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados. Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutía. Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que había que hacer cagar al presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí, hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servía para algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Ñubel y de todas esas cosas de que siempre se habla. Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de esos de "Pilato, Pilato, si no gana Central en River no te desato". Después la vieja decía que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.

Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el Monumental y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito. A ese lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ese. El Coqui iba a ir con el reloj cambiando de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos. O sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. Te digo más, estuvimos como media hora discutiendo cómo mierda estábamos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra; el boludo de Michi decía que él había estado detrás del Valija y el Miguelito porfiaba que el que había estado detrás del Valija era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venía la mano en esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano, el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.

Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el Ciudad de Rosario y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi viejo. Ya el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un bufo y se volaba la sabiola y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más porque es loco el Miguelito, así que había que creerle. O hacerse puto, no sé quién había comentado la posibilidad de hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie quería ni siquiera sentir hablar de esa posibilidad. Ni se nombraba la palabra "derrota".

Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen "la papa", o "tiene otra cosa", "algo malo", pero el cangrejo, mi viejo, no te lo nombra nadie. Y ahí fue cuando sale a relucir lo del viejo Casale.

El viejo Casale era el viejo del Cabezón Casale, un pibe que siempre venía al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros, pero que ya para ese entonces se había ido a vivir al norte, a Salta, creo, lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos acordamos de que un día, en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca, pero nunca, lo había visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos había impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio vos te preguntás, "¿Cómo carajo hizo este tipo para no verlo perder nunca a Central contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este coso no va nunca a la cancha". Porque, oíme, alguna vez lo tuviste que ver perder, a menos que no vayás a los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así, que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me acuerdo que le preguntamos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos explicó. El iba siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se había dado, qué sé yo, una serie de casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un montón de causas que ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones —el viejo era comisionista—; que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar, que estaba engripado, que le dolía un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad, hermano que el viejo la posta posta era que nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el viejo y además, un talismán, querido, porque así como hay tipos mufa que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Casale era uno de estos, de los ojetudos.

Entonces ahí nos dijimos "Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estar".

Claro, dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos agarró como la duda ¿viste? porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo, te digo más, desde que el Cabezón se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos vuelto a ver ni en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba bastante veterano porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco años los tenía por debajo de las patas.

Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito decimos "vamos a la casa del viejo a asegurarnos que va y si no va lo llevamos atado". Porque también podía ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué sé yo. Nosotros ya habíamos pensado en hacer una rifa a beneficio, una kermesse, cualquier cosa. El viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al portador.

La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos sale el viejo? Que andaba mal del bobo y que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha, mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que había tenido un infarto en no sé qué partido, en un partido de mierda después que una pelota pegó en un palo, que había estado muerto como media hora y lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore, que no había clavado la guampa de puro pedo y que le había quedado tal cagazo que no había vuelto a ir a la cancha desde hacía ya, mirá lo que te digo, dos años.

¡Hacía dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era solo que él no quería ir sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenían terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo prohibían, para que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo demasiado fuerte y se moría, tan jodido andaba. Vos le hacías ¡Uh! en la cara y el viejo partía. ¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación, porque eso era como un presagio, un anuncio del infierno, hermano, era un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires, mi viejo. Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a convencerlo, a decirle "Pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal usted del cuore, si se lo ve cero kilómetro! Vamos, don Casale —me acuerdo que lo jodía Miguelito—, ¿cuántos polvos se echa por día? Usted está hecho un toro". Pero el viejo, ni mierda, en la suya. Que no y que no.

Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenía un equipo de mierda y que ya a los quince minutos íbamos a estar tres a cero arriba, que el partido era una mera formalidad, que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querían saber qué carajo queríamos decirle nosotros al viejo en esa reunión, porque medio que ya se sospechaban que nosotros no íbamos para nada bueno. En resumen que el viejo nos dijo que no, que ni loco, que ni siquiera sabía si iba a poder resistir la tensión de saber que se jugaba el partido, aun sin escucharlo. Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era, y sabía cómo venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo más. "Ese día —nos dijo— bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego". No quería escuchar ni los bocinazos el viejo. "Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi hermano le importa un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar radio ni nada". Porque el viejo decía y tenía razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese hermano que tenía, para borrarse del asunto.

Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allí hechos bosta porque veíamos que la cosa venía muy mal. Casi era ya un dato seguro como para decir que éramos boleta. Para colmo, al Valija, el día anterior le había caído una tía del campo y él se acordaba que, en un partido que perdimos con San Lorenzo, esa misma tía le había venido el día antes. Era un presagio funesto el de la tía.

Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos muy seriamente. El Dani decía que no, que era una barbaridad, que el viejo se nos iba a morir en el viaje, o en la cancha, y que después se iba a armar un quilombo que íbamos a terminar todos en cana y que, además, eso sería casi un asesinato. Pero al Dani mucha bola no le dimos porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado, medio cagón el Dani. Pero nosotros estábamos bien decididos y más que nada por una cosa que dijo el Valija: el viejo estaba diez puntos. Había tenido un infarto, es cierto. Pero hay miles de tipos que han tenido un infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de un ropero, o no ir a la cancha, o dejar que te rigoree la familia como la esposa y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros, pero unos turros que se ve que lo querían hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y además, como decía el Miguelito y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno. Con casi sesenta años no te digo que parecía un pendejo, pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se sentaba, qué sé yo, se movía. ¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó con Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo, pero su medidita se mandó. La cosa es que el Miguelito elaboró una teoría que te digo, aún hoy, no me parece descabellada. ¡El viejo era un turro, hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo no ponía el lomo, lo atendían a cuerpo de rey y —la tenía a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él— viviendo como un bacán, el viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no fasearía escondido; y de no ir a la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como Carolina de Mónaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el Colorado se resolvió todo.

El Colorado nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la sociedad, de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que, para nosotros, y eso era verdad, iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que habíamos tenido lo nuestro y que, de últimas, teníamos experiencias en malos ratos y fulerías. Pero los pibes, los pendejitos de Central, esos, iban a tener de por vida una marca en sus vidas que los iba a marcar para siempre, como un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho para siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa, disminuidos ante los leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano, porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo.

Yo me acuerdo cuando perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el Colorado Bertoldi, que todavía se estará gastando la guita, y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama porque no me atrevía a ir a la escuela para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de puta para la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas? Son unos hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decía el Colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno, hermano, eso era algo así como lo de la deuda externa, que por la cagada de cuatro reverendos hijos de puta que empeñaron el país, la tenemos que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido. Además, como decía el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos ñubelistas, está también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo, son así, casquivanos. Son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado Ñubel y... ¡a la mierda! ... de ahí en más todos los pibes se hacían de Ñubel, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco Menotti, ni comprarles la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos ven que sale River campeón y son de River. Son así. Y en ese momento no era como ahora que, mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces, cuando van al chiquero del Parque, por mejor equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan "Yo no puedo ser hincha de esta villa miseria" y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y vos ves que ahora los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Ñul y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época, los pendejos son más materialistas, yo no sé si es la televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.

Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al viejo Casale, o si no aguantarse que quince, veinte años después, hoy, por ejemplo, la ciudad estuviese llena de leprosos nacidos después de ese partido, y esto hoy, ¿sabés lo que sería? Beirut sería un poroto al lado de esto, hermano, te juro.

El que organizó la "Operación Eichmann", como la llamamos, fue el Colorado. La llamamos así porque ese general alemán, el torturador, que se chorearon de acá una vez los judíos ¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado es un tipo muy cerebral, que le carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El Colorado ya no estaba para ese entonces en la O.C.A.L. La O.C.A.L., no sé si sabés, es una organización de acá, de Rosario, que se llama así porque son iniciales, O.C.A.L. "Organización Canalla Anti Lepra". Son un grupo de ñatos como el Ku-Klux-Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá, yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro, lo que tenés que hacer es odiar a los lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central.

Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensan maldades contra los lepra, festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen himnos, son como esos tipos, los masones esos, que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de la O.C.A.L. al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo. Pero es un bocho el Colorado y él fue el que organizó todo el operativo.

Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un día de estos no aparece en el Selecciones y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil cuatrocientos, lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis-Paraguay o San Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño que no sé para qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la duda era si el viejo se iba a ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos jugábamos a que se iba a ir en ómnibus porque auto no tenía y seguro que el hermano tampoco tenía porque debía ser un muerto de hambre como él, seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta, porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas, o sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el partido. Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego, porque después ¿cómo llegábamos nosotros a Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y en un ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires o sea que la cosa estaba clavada, era posta posta.

Después hubo que hablar con los otros muchachos, porque convencer al Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los entretelones del asunto. Te digo que el Colora manejó la cosa como un capo, un maestro. El asunto era así, el Rulo es un fana amigo de Central que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo. Y en esa época tenía un par de coches en la línea 305. Fue un ojete así de grande, porque si no teníamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenía dos 305 y con uno de esos ya tenía pensado pirarse para el Monumental el día del partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió, no iba a perderse el partido ese.

Entonces, el Rulo, con los monos arriba y nosotros, tenía que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el Miguelito se ponía de guardia, tomando un café, justo en un boliche de ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el Miguelito apostado en el boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros hubieran hecho un operativo como ese, hermano. Fue una maravilla.

Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el Miguelito cazó una Vespa que tenía en ese entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.

Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los dormidos, incluso con la cara tapada con algún pulóver, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto.

Te digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de mayo. Además, el quilombo había sido guardar y esconder todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta que medía 52 metros; ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decía "Empalme Graneros presente" y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el viejardo no la vichara.

La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los asientos de adelante que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo le cobró boleto y todo. Y nadie se hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo, tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba algún auto con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y movía la cabeza como diciendo "¡Mirá vos!".

Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie quería darle mucha bola para no pisarse en una de esas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus, hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se queda a apoliyar en el auto con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero, cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo "En la esquina, jefe". Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo de que ahí no se podía parar, que estaba cerrado el tráfico, que había que seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó paradito al lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, "En la esquina". Ahí ya el Rulo nos miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso! Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habíamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, "¡Soy canalla, soy canalla!" por las ventanas.

Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te la puedo describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con lo quilomberos que son, se habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo, pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.

¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos adentro haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe se transformó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de bocinazos, cornetas, una joda. ¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la ruta esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso. Porque nosotros lo estábamos mirando porque decíamos: este es el momento crucial. Ahí el viejo o cagaba la fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y cantaban y no lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy, ya se había ofrecido a hacerle respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que mal, le habíamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco de asco, además con un viejo.

Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no había arreglo, que no había posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó, pero se entregó entregó. Porque, al principio, nosotros nos acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos irresponsables, unos asesinos, que no teníamos conciencia, que era una vergüenza, qué sé yo todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto, que estaba hecho un toro, que si se había bancado la sorpresa del ómnibus quería decir que ese cuore se podía bancar cualquier cosa, empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y que incluso el médico estaba implicado en la cosa.

Mirá, hermano, y creéme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener en mentirte, hoy por hoy, mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo era el más feliz de los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis hijos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió y después se bancó el partido. Estaba verde, eso sí, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué, porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a un grandote en musculosa casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si este no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡Que si nos empataban nos ganaban, hermano, porque esa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refocilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! ¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el flaco Menotti que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ese, ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo. Y ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos: "¡Qué importa!" ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo esa, hermano! Yo elijo esa.
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Defensa de René Higuita


Por Alberto Salcedo Ramos

Por puro milagro te salvaste de ser asaltante, René, o pistolero a sueldo, o fabricante de bombas hechizas. ¿Acaso no eran esos los oficios más apropiados para ganarse el pan y el respeto en la Comuna Nororiental de Medellín?

Allí, en el nido de atrocidades donde naciste, Pablo Escobar reclutó a los matones de su ejército privado. Tú pudiste haber sido uno de ellos, René, como les ocurrió a varios de los muchachos descalzos que crecieron contigo en el barrio Castilla. Tu primer alfabeto fue el horror, que, de entrada, te trastocó el lenguaje. “Estar enamorado” de una persona no significaba amarla sino pretender acribillarla. “Gonorrea” no era el nombre de una enfermedad venérea sino el calificativo con el que se designaba a un fulano indeseable. Al sicario se le llamaba “dedicaliente” y al estafador, “calidoso”. Como la vida no valía un comino, a los jóvenes les daba lo mismo tenerla que perderla. “Total” -- decían, con su desesperanza brutal --, “no nacimos pa’ semilla”. ¡Cuánta rudeza, René, la que había en la jerga de aquella gente! Allí quien mataba al prójimo no era un asesino sino apenas “un borrador”. Y quien caía abatido por las balas enemigas no moría sino que empezaba a “cargar tierra con el pecho”.

Tú pudiste haber sido uno de esos muchachos escuálidos que besaban el escapulario de la Virgen María para implorarle que les afinara la puntería durante la próxima “vuelta”. Pudiste haber sido, cuando menos, el que conducía la motocicleta donde iba el francotirador. O quizá uno de esos adolescentes que se robaban un par de zapatos finos para que la chica bonita del barrio se fijara en ellos. ¿Por dónde andarías ahora si hubieras aceptado aquella vida que te tenían señalada desde antes de nacer? Estarías “pagando cana” – es decir, preso -- en Bellavista. O cubierto con una “pijama de madera” en el Cementerio San Pedro. En el mejor de los casos tendrías el cuerpo lleno de cicatrices, como Tobito, tu vecino, a quien le llaman “Polígono” porque ha sobrevivido a siete atentados.

Fue un milagro, repito, que aquel entorno no te convirtiera en un atracador de camiones, ni en un ensamblador de carros-bomba, ni en un traficante de cocaína. Sin embargo, nadie que se críe en Castilla logra burlar del todo a su destino. En algún momento le toca usar la fuerza para granjearse el respeto. O aprender la letra menuda de la vida maleva. Son las reglas, René: para no ofrecerse en cada esquina como víctimas, los hombres están obligados a construirse una reputación de verdugos. Algunas madres les inculcan a sus hijos, cuando éstos salen a la calle por las mañanas, que siempre hay que regresar a casa “con la platica bien habida o, si no, con la platica”. En principio la trampa se justifica porque sirve para salvar el pellejo. Pero después, como permite ascender socialmente, se vuelve motivo de admiración. Así se va gestando una mentalidad marrullera, una necesidad permanente de sacar ventaja a cualquier precio. Era lo que sucedía, por ejemplo, cuando tú te adelantabas un metro de la portería para atajar un penalti. O cuando fingías una lesión para enfriar al equipo que estaba presionando tu arco. En el fondo, lo que hacías era aplicar el primer mandamiento de las matronas de tu barrio: buscar el triunfo, es decir, “la platica”, como fuera.

Nunca has conseguido rebasar los linderos de la comuna en la cual creciste. Pese a haber recorrido medio mundo, tu excursión ha sido una simple ilusión óptica. En realidad, no has viajado, René: tan solo has dado vueltas en redondo como un carrusel. Y el arrabal se ha ido adherido a tu piel como una costra. En cada retorno al punto de partida, descubres que los “dedicalientes” te han quitado un amigo. Los otros, los que siguen vivos, te acompañan a fumar y a beber con la misma fidelidad con la que un día te acompañaron a vender periódicos. Siempre, en lo malo y en lo bueno, has tenido un sentido siciliano del clan. Esa fue la razón que te llevó a saludar a Pablo Escobar en la cárcel, un incidente por el cual tus detractores quisieron comerte vivo, como si no fuera absurdo medirte a ti, precisamente a ti, con la cinta métrica de una ética forjada lejos del infierno. Ellos tuvieron la oportunidad de elegir. Tú, no. Desde el escritorio en el cual escribo este artículo, es muy fácil referirse a Escobar con el calificativo de criminal. Pero si yo hubiera estado en tus zapatos, René, hambriento y sin estudios; si hubiera recibido de Escobar una provisión de víveres, si lo hubiera conocido en mi suburbio miserable regalando una cancha de fútbol y una planta de energía, también habría tenido razones para llamarle “patrón” y visitarlo en su celda. Se te podrá acusar de calavera mas no de desagradecido. La gente genuinamente amoral, como tú, es preferible a aquella que asume una posición moral de acuerdo con cada ocasión. O yo estoy loco o no entiendo cómo es que resulta más indecente entrevistarse con Escobar en la prisión que construirle una cárcel especial, con las comodidades de un hotel cinco estrellas. ¿Y los políticos que legislaban para favorecerlo? ¿Y los altos prelados que le bendecían las propiedades? Tomarte a ti como chivo expiatorio es una cobardía.

Espero que comprendas, René, que no estoy aquí para absolverte por todos tus deslices. Es cierto que el Estado colombiano, a la larga, no le garantiza la protección a nadie. Pero eso no justifica que hayas mediado, de manera irresponsable, en la liberación de una muchacha secuestrada, y menos que hayas recibido los 50 mil dólares que, según la enciclopedia Wikipedia, te habrían pagado por la gestión.

Hay que admitir, en justicia, que así como la comuna te oprimió con su virulencia, te obsequió muchas de tus mejores cualidades. Ya lo decía Ana Felisa, la abuela que te crió: “lo que no mata, engorda”. Sobrevivir a la comuna te dejó esa intrepidez que derrochabas ante los grandes retos, esos cojones que te permitían taparle un penalti al delantero más temible o meterle un gol de tiro libre al River Plate. Una tarde de 1995, tu osadía se transformó en leyenda. En el mítico Estadio de Wembley, donde se enfrentaban las selecciones de Colombia e Inglaterra, tuviste el descaro de atajar con los dos talones -- cabeza hacia abajo y manos en el piso -- un disparo que fue directo a la parte superior del arco. La jugada, bautizada desde entonces con el nombre de “escorpión”, le dio la vuelta al mundo. Lo mejor, como escribió en su momento Eduardo Galeano, no fue el salto acrobático que pegaste, sino tu sonrisa de bandido. Nadie se divirtió tanto como tú en una cancha, René, nadie. Gozaste y regalaste gozo. A ratos exageraste, a ratos confundiste el fútbol con el circo, quizá como una rebelión inconsciente contra el culto de tu barrio por lo fúnebre. Cualquiera habría apostado su cuello a que serías mercenario. Pero fuiste un portero digno, pese a que la estatura no te favorecía. Nunca atajaste como Fillol ni inspiraste la seguridad de Buffon. No jugaste como los dioses, pero los desafiaste. Esa es tu grandeza.
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